MIJAIL BAKUNIN. CRITICA Y ACCIÓN.

 

 

 

 

Muere Bakunin y llega al infierno; allí, por supuesto, es recibido
por el demonio en persona quien lo condecora por su
inmensa labor atea y anticlerical. Luego es enviado a un sector
de privilegios, libre de torturas y malos tratos. A los pocos días
una insurrección violenta se desata en ese sector la cual, al ser
aplastada por las huestes infernales, se descubre fue impulsada
por el viejo Bakunin.
Como castigo es trasladado a un sector normal en donde se
producen toda clase de tormentos. A los pocos días, en una
recorrida de inspección, el demonio descubre que los castigos
ya no se producen: el sector está en huelga en solidaridad con
los trabajadores expulsados del primer sector.
Así es que Bakunin es trasladado al pozo más profundo del
averno en donde las condiciones de calor extremo y tormento
permanente –confía el diablo– lo tendrán entretenido. Con el
correr de los días una inmensa columna de demonios de toda
laya asciende desde el fondo del averno con banderas rojinegras
y cánticos espeluznantes.
Reclaman: jornada laboral de 8 horas, vacaciones pagas,
equiparación de los sueldos y comodidades con el primer sector.
Vencido el demonio resuelve enviar a Bakunin al cielo, mataría
dos pájaros de un tiro: volvería a tener control absoluto
del averno y le generaría a Dios un caos en el paraíso.
Ansioso por reír ante Dios, a los quince días asciende el demonio
y se presenta a las puertas del paraíso, allí se encuentra
un inmenso cartel que dice: “Paraíso colectivizado”; debajo de
él, se encuentra San Pedro con un birrete rojinegro y un fusil al
hombro.
Al verlo el demonio se le acerca y le pregunta: –¿Qué tal,
San Pedro, cómo van las cosas por acá?
San Pedro responde: –Todo tranquilo.

Nuevamente el demonio: –¿No ha venido por aquí un tal
Mijail Bakunin?
San Pedro: –Sí así es, está adentro, ¿por qué?
Demonio: –Sólo quería saber si Dios había tenido con él
algún problema.
San Pedro toma de los hombros al demonio y le dice: –¡Me
extraña compañero, sí todo el mundo sabe que Dios no existe!

 

MIJAIL BAKUNIN: CRITICA Y ACCIÓN

Frank Mintz.

 

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Cuando Mijail Bakunin llegó de repente, vía Yokohama, San Francisco y Nueva York, a la casa en Londres de Alexander Herzen en otoño de 1861, los poderes económicos y políticos de toda Europa temblaron ante quien consideraban la reencarnación del diablo. No es un episodio muy conocido el tiempo que Bakunin pasó en Japón en su viaje de vuelta a Europa. Ninguna de sus biografías o aproximaciones a su figura escritas en lenguas occidentales dedica al respecto más que unas cuantas líneas. Incluso en Japón no ha habido ningún intento sistemático de investigar sobre lo que hizo Bakunin, aunque pueden hallarse informaciones dispersas aquí y allá, la mayoría de antes de la guerra. El hecho de que los estudiosos occidentales de Bakunin no los hayan buscado ni hecho esfuerzos para traducirlos es un ejemplo más del (en el mejor de los casos) desconocimiento o (en el peor) del desprecio que continúa rodeando a los asuntos orientales dentro del mundo burgués.

 

Bakunin y Japón

1. Introducción

Cuando Mijail Bakunin llegó de repente, vía Yokohama, San Francisco y Nueva York, a la casa en Londres de Alexander Herzen en otoño de 1861, los poderes económicos y políticos de toda Europa temblaron ante quien consideraban la reencarnación del diablo. No es un episodio muy conocido el tiempo que Bakunin pasó en Japón en su viaje de vuelta a Europa. Ninguna de sus biografías o aproximaciones a su figura escritas en lenguas occidentales dedica al respecto más que unas cuantas líneas. Incluso en Japón no ha habido ningún intento sistemático de investigar sobre lo que hizo Bakunin, aunque pueden hallarse informaciones dispersas aquí y allá, la mayoría de antes de la guerra. El hecho de que los estudiosos occidentales de Bakunin no los hayan buscado ni hecho esfuerzos para traducirlos es un ejemplo más del (en el mejor de los casos) desconocimiento o (en el peor) del desprecio que continúa rodeando a los asuntos orientales dentro del mundo burgués.

Es posible, sin embargo, agrupar los jirones de información existentes y el intento de hacerlo por parte de un compañero japonés, Wakayama Kenji, ha revelado otro problema: la razón para la falta hasta la fecha de investigaciones sobre Bakunin no es simplemente la ausencia de materiales, sino también la dificultad de acceder a los que existen. Las puertas de Japón se abrieron mucho más fácilmente para Mijail Bakunin en 1861 que las de los llamados archivos de investigación para nosotros, pobres mortales y anarquistas, en 1978. Los detalles (si es que los hay, que es algo que no se sabe con certeza) de la vida de Bakunin en Japón, y sin duda la de otros revolucionarios de otros tiempos y otros países, se han convertido en el coto privado del estamento académico, que teme demasiado que alguien se inmiscuya en su monopolio de la información como para permitir que gente como nosotros se adentre en su territorio.

A pesar de todo, los jirones de información disponibles pueden agruparse y dar lugar a una panorámica general. Lo que sigue a continuación es el resultado del intento de hacer eso con algunos de los materiales existentes, aunque permanecen algunos por ser leídos. Sin duda habrá errores y omisiones, pero estos sólo serán subsanados si son expuestos a la luz del día.

2. Un enigma y un contraste

Aparte de sus efectos sobre Indochina, Filipinas, China, Corea, Hawai, Micronesia y casi toda Asia, la llegada del imperialismo americano a la japonesa Bahía de Uraga en julio de 1853 supuso ciertamente un triunfo para el destino de Mijail Bakunin. Ya que sin la entrada del comandante Matthew Perry al frente de sus cuatro “Buques Negros” (dos a vapor, dos a vela) en el hasta entonces herméticamente cerrado mundo de los shoguns Tokugawa, Bakunin podría haber permanecido en su destierro de Siberia hasta que los efectos de su estancia en prisión dieran buena cuenta de su cuerpo. Podría dar gracias también al Zar, cuyos mensajeros, tras llamar a las puertas nórdicas y occidentales de Japón durante un par de siglos, finalmente siguieron los pasos de Perry y encontraron la vía de entrada no defendida. A continuación arrancaron una serie de tratados de comercio a los reacios burócratas de Edo (lo que hoy es Tokio).

Por suerte o por desgracia, Bakunin no empleó demasiado tiempo en su viaje y estuvo en Japón sólo el tiempo de espera suficiente para que llegara un barco que pudiera trasladarlo al otro lado del Pacífico. Entretanto, hasta donde se sabe, pasó el tiempo encorvado sobre la primera mesa de billar que hubo en Japón, al tiempo que cataba la bodega de un hotel, también el primero de su tipo que hubo en el país.

Hasta 1865, cuando se hizo por primera vez explícito el anarquismo de Bakunin en los principios de la Hermandad Internacional, fue un firme creyente en las bondades del nacionalismo como fuerza liberadora y en el potencial revolucionario del campesinado oprimido. En el momento de su estancia en Japón, el país no sólo estaba en el trance de salir de 250 años de aislamiento totalitario bajo los shoguns Tokugawa; no sólo estaba experimentando, como Polonia veinte años antes, un despertar del nacionalismo burgués; sino que era además un país predominantemente agrario atravesado por levantamientos campesinos. Sin embargo Bakunin, al menos que se sepa, no intentó aplicar a esta situación la energía que había dedicado a los esfuerzos de los polacos y los húngaros y que más tarde dedicaría a los de franceses, italianos y fineses.

En abierto contraste con la aparente indiferencia de Bakunin, el militante anarcosindicalista japonés Ôsugi Sakae, que celebró el Primero de Mayo de 1923 en París, hizo denodados intentos por contactar con supervivientes del movimiento de Makhno; visitó a trabajadoras del textil en huelga en un típico taller de París; criticó a los trabajadores de París por permitir que las celebraciones del Primero de Mayo fueran arrinconadas en salones de los suburbios de París; fue arrestado por actividades políticas ilegales; e inscribió “Ôsugi estuvo aquí” en las paredes de su mazmorra antes de ser deportado de vuelta a Japón bajo custodia tras la intervención de la embajada japonesa.

¿Qué hay detrás de estas diferencias obvias en su modo de pensar? Después de todo, se hallaban en situaciones similares, incluso aunque el contexto que les rodeara, pues habían pasado sesenta años de rápidos cambios, fuera tremendamente diferente. Por muy grande que fueran estas diferencias, parece un problema interesante.

3. Los orígenes de este folleto

En un principio este artículo no iba a ser más que la traducción de un texto corto en japonés, “La parada de Bakunin en Japón”, del veterano militante Henmi Kichizô, que proporcionó alguna información ya mencionada sobre Bakunin. En aquel momento (inicios de 1976) parecía ser un interesante episodio de las correrías de Bakunin, justo en la celebración del centenario pero, a fin de cuentas, sólo una nimiedad. Iba a ser una especie de pequeño cameo.

Por una razón o por otra, se dio la circunstancia de que nunca llegamos a publicar la traducción. Entretanto, el debate en el grupo editorial Libero Internacional nos convenció de que la insignificancia de Japón para Bakunin constituía por sí misma algo intrigante y, posiblemente, importante. En otras palabras, ¿por qué hizo tan poco en lo que era probablemente la única oportunidad que se le ofrecía a un militante anarquista europeo para visitar el misterioso Oriente? ¿Cuál fue la motivación que le llevó luego precipitadamente a Europa, ignorando el reciente estallido de una llamada “lucha de liberación” en Norteamérica? ¿Si hubiera escapado por occidente en vez de por oriente, habría estado dos semanas jugando al billar como estuvo en Yokohama? Todas estas cosas, desde el punto de vista de Asia, nos parecían dignas de reflexión, para nosotros, que estábamos tan eufóricos por las celebraciones del centenario que olvidamos que nadie (y menos quien se llama a sí mism@ anarquista) se halla por encima del bien y del mal. Un episodio hasta entonces desconocido de la trayectoria de Bakunin, pensamos, podía contener el germen de un concepto renovado de la verdadera palabra “revolucionario”, así como aportar la posibilidad de un nuevo acercamiento al lado humano de Bakunin.

Todas ellas eran especulaciones interesantes, pero había solo un pequeño número de hechos a partir de los cuales sacar conclusiones. Aparte del artículo mencionado, había sólo otro fácilmente localizable: “Bakunin y Hakodate, Yokohama y Kanagawa”, de Wakayama Kenji. Formando parte de la colección “Nuestro Bakunin” publicada en 1976 por el grupo “Libertaire” de Tokio en conmemoración del centenario de la muerte de Bakunin, entraba con bastante detalle en varias cuestiones de la estancia de Bakunin en Yokohama, ¡incluso citando dos trabajos especializados en los que se alude respectivamente a la mesa de billar y al bar con los que se comenta que se consolaba Bakunin! Wakayama también traza, a través de varios documentos, el emplazamiento del hotel en el que Bakunin se alojó. Ya que la mayoría de lectores de este folleto probablemente no podrían dar un garbeo por las calles de Yokohama ni que el precisar cómo estaba diseñado el bar añadiría demasiado a nuestro conocimiento sobre Bakunin, se decidió que se incorporarían al trabajo de Henmi sólo los pasajes esenciales del artículo y de otro texto más corto escrito después por Wakayama.

Al final del artículo de Henmi se hallaban varias páginas recordando el papel de Ôsugi Sakae en los “disturbios del arroz” de Osaka en 1918. La participación de Ôsugi en estos hechos fue en la línea del criterio de Bakunin sobre los militantes revolucionarios: no líderes, sino catalizadores o estimuladores. El artículo también mencionaba brevemente el viaje de Ôsugi a Europa en 1923 para asistir a una conferencia anarquista internacional. Las interesantes similitudes entre el viaje de incógnito de Bakunin desde Siberia en 1861 y la visita también de incógnito de Ôsugi a Europa sesenta años más tarde fueron la inspiración de este panfleto.

Ninguno de nosotros somos historiadores profesionales con el tiempo necesario para pasar días en los archivos. Ni somos expertos ni en Bakunin ni en Ôsugi, y aspectos concretos de sus experiencias aparte de sus viajes al extranjero no han sido tratados a menos que fueran estrictamente necesarios. La investigación sobre Bakunin, especialmente, ha sido dificultada por la carencia aquí de material en lenguas occidentales.

Japón en 1861

La repentina aparición sobre el horizonte del Pacífico de los negros y humeantes buques de guerra de Perry estaba calculada para provocar un shock emocional a las autoridades japonesas. Un popular tanka (poema corto) lo expresaba así:

Taihei no nemuri o samasu Jôkisen, tatte shihai de yoru mo nerarezu“. Traducido literalmente, vendría a decir algo así: “Jôkisen (un fuerte té verde) turba nuestros placenteros sueños; sólo cuatro tazas y el sueño se nos escapa día y noche”

Hay un significado oculto, claro. “Taihei” también se refiere al Océano Pacífico; Jôkisen escrito con diferentes caracteres y pronunciado “shôkisen” significa “barcos de vapor”; y “taza” también significa “buque”. Se trata, pues, de una alusión irónica al hecho de que con sólo cuatro barcos Perry, apareciendo en el horizonte del Pacífico, fue capaz de poner a Japón (mejor dicho, a las autoridades japonesas) en un estado de agitación permanente.

El efecto de la llegada de Perry fue crear la incertidumbre entre la elite dominante Tokugawa. La aparente superioridad de la cultura recientemente descubierta por medio de las transacciones comerciales holandesas en el puerto de Nagasaki, además, había ya despertado el interés de los intelectuales. Finalmente la elite se dividió en lo tocante a la cuestión de cómo afrontar las demandas occidentales y en el barullo de la lucha política hasta el asesinato se convirtió en algo habitual. Como la gente común, ellos también se vieron inmersos, por motivos que nunca llegarían a entender, en un mar de incertidumbre y respondieron del modo más visceral: uniendo fuerzas y atacando a quienes consideraban relacionados con el nuevo estado de las cosas.

En la capital, Edo, la lucha entre las fuerzas anti-shogunato (que, con el emperador a la cabeza, se oponían a la apertura del país y abogaban por la expulsión de todos los extranjeros) y el shogunato, que facilitaba todas las demandas extranjeras, continuó durante varios años. Finalmente, sólo tres años antes de la visita de Bakunin, el líder de la facción pro-extranjera Ii Naosuke (negociador con Perry en 1853 y más tarde muerto por un espadazo) tomó la histórica decisión de abrir Japón a las influencias extranjeras.

Antes que admitir a los bárbaros en Edo, sin embargo, se eligió a la pequeña aldea pesquera de Yokohama, donde fue firmado el primer tratado Japón-EEUU en marzo de 1854, para albergar el primer puerto japonés abierto al comercio extranjero y el primer asentamiento extranjero. La Yokohama de Bakunin, pues, era una bulliciosa comunidad de nuevo cuño, donde aún resonaban los martillos de los carpinteros. Hakodate y Kanagawa habían sido abiertas al tráfico pero no a la residencia y uno a uno fueron abriéndose todos los puertos. Aún así, el veto general para la circulación libre de los occidentales continuó y, mientras los aventureros occidentales y los emprendedores japoneses seguían haciendo negocios, en los círculos políticos seguían rodando cabezas.

No parece que la crisis política tuviera demasiados efectos fuera de la ciudad de Edo. Tras sucesivos intentos de golpe de Estado frustrados y el incremnto de los precios, el descontento de los campesinos japoneses se orientó hacia los buques que habían ocasionado esta situación. Además, sus señores (huelga decirlo) no consideraron que hubiera que reducir sus diezmos, el efecto de esto fueron numerosos levantamientos contra las clases explotadoras. Estos alzamientos, sin embargo, eran siempre dispersos y descoordinados y, debido a las malas comunicaciones que caracterizaban al Japón premoderno, posiblemente tuvieron poco eco en la capital.

Con todo, el Japón con el que se encontró Bakunin estaba viviendo la calma antes de la tormenta. Sin poderse mover fuera del asentamiento, debía parecerles a los extranjeros un remanso de paz. Fue sólo después de la salida de Bakunin hacia San Francisco cuando estalló la tormenta. El descontento que corría subterráneo en los primeros tiempos del contacto extranjero, debido a las políticas comerciales del gobierno salió violentamente a la superficie. Los impuestos aumentaron para pagar las políticas de “modernización”, que suponían muy pocas mejoras en la calidad de vida de la gente.

Entre los afectados estaba la clase de los samuráis, cuyo salario fijo cayó por debajo del nivel de subsistencia, llevando a muchos a la penuria. El resultado natural fue el aumento de los sentimientos anti-shogunato y xenófobos entre ellos y la presencia entre ellos de un gran número de intelectuales sirvió para propagar su descontento e involucrar a la gente común en la lucha. En 1859 fueron asesinados un oficial naval ruso, un marinero y un capitán mercante holandés. En enero de 1861 le sucedió lo mismo, en Edo, al intérprete de Townsend Harris, el primer embajador norteamericano. En julio de ese año y en 1863 fue incendiada la embajada británica. Allá donde había extranjeros se reprodujeron incidentes similares, usualmente provocados por alguna trasgresión trivial de las costumbres japonesas.

Gran parte del problema estaba en los tratados desiguales a los que fue forzado el gobierno por las potencias imperialistas. La explotación extranjera de la relativamente baja tasa de cambio oro-plata (6:1 comparada con el 15:1 usual) produjo salvajes fluctuaciones de precios. Su importación de tejidos de algodón y otros productos manufacturados baratos, al igual que en China, arruinó a la industria nacional. El shogunato, temiendo por su supervivencia, intentó restringir el comercio, pero fue vencido por la naturaleza dominante de los extranjeros y el afán de beneficio manifestado por la clase comerciante japonesa.

Los primeros momentos de la lucha, sin embargo, marcados por enfrentamientos armados, asesinatos y venganzas, no fueron más que la pugna por la supervivencia política entre los clanes más intransigentemente reaccionarios del occidente de Japón, Satsuma y Chôshu, y los conservadores moderados de Edo. En el curso de la lucha, irónicamente, fue el primer bando, originariamente orientado hacia la restauración del antiguo poder imperial y la expulsión de todos los extranjeros, el que se mostró más progresista que el último, que intentaba adaptarse a los nuevos tiempos manteniendo a la vez intacto el status quo. La gente corriente se abstuvo de tomar una actitud concreta. Una rara excepción fue un movimiento socio-religioso de 1867, el “Eija Nai Ka“, frente al inquietante asentamiento extranjero sobre el territorio.

Una mañana gente de todo el Japón central y de toda la vía “Tôkaidô”, que pasaba por Yokohoma, se encontró al levantarse talismanes sagrados del santuario de Ise, el más sacro de todos los santuarios sintoístas, caídos desde el cielo. El extraño suceso, repetido varias veces en distintos lugares, fue tomado como un mensaje de los dioses, y la gente inmediatamente abandonó sus quehaceres para empezar a bailar y beber en las calles y a corear la frase “Eija Nai Ka” (“no es bueno”). Muchos grupos comenzaron a converger en torno a los santuarios de Ise, quemando a su paso las casas de los comerciantes ricos y de las autoridades municipales que se negaban a reconocer los talismanes: había llegado la hora del pueblo, bendecido por los dioses. Otros se contentaron con convertir las calles de sus poblaciones en una fiesta popular, interrumpiendo las actividades comerciales y compartiendo sake.

Los pobres de todos los países cuentan con el instinto suficiente como para hacer pagar por sus privaciones a quienes deben: los ricos, sus opresores. La gente de Japón estaba expresando su descontento ante el hecho de que Shinto, originalmente un modo de vida natural y popular, había sido apropiado por sus explotadores y transformado hasta quedar convertido en un quietismo supersticioso. Las más destacadas de entre los bailones callejeros eran, significativamente, mujeres, el grupo más oprimido en el Japón feudal, como lo continúan siendo hoy.

Era un indicio del carácter opresivo y tedioso de la sociedad Tokugawa que estallidos similares (histeria de masas, rebelión ciega, insurrección instintiva, llámesele como se quiera) habían tenido lugar al menos uno por generación durante 200 años. En todos ellos, además, las mujeres habían jugado un rol importante, como ha sucedido en todos los levantamientos revolucionarios.

El movimiento no tenía ningún liderazgo formal ni estructura organizativa. Fue, a pesar de rumores que hablaban de que podía haber sido instigado por políticos de la oposición que buscaban crear confusión, un fenómeno popular totalmente anárquico, una manifestación del descontento que había producido entre la gente del pueblo la escalada de precios y los impuestos sobre la tierra, y al mismo tiempo un aviso para lo sucesivo.

De haber llegado Bakunin más adelante a Yokohama, ¿habría tenido noticias del movimiento “Eija Nai Ka“?. ¿Habría reaccionado del mismo modo que lo hizo al tener noticias de la Revolución de 1846 en Francia o de los levantamientos de 1849 en Dresde y Praga?

Resumiendo, en el tiempo en el que Bakunin estuvo en Japón no sólo no había ningún movimiento socialista similar a los que surgían en Europa (ya que no había proletariado), sino ninguna agitación popular significativa. Cuando éstas empezaron a producirse, él ya se había ido, y eso fue casi un cuarto de siglo antes de la primera rebelión popular consciente contra el Estado, la revuelta Chichibu de 1884 encabezada por el Konmintô.

El paso de Bakunin por Japón

1. El camino a Yokohama

En 1847, en el contexto de una hambruna que asolaba gran parte de Europa, Bakunin sintió la necesidad de una revolución campesina, así lo expone en su “Apelación a los eslavos”. Lo que llamó su atención fue el espectáculo de los campesinos asaltando los castillos de sus señores y quemando los registros de propiedad y otros documentos que atestiguaban su sujeción. Su discurso en ocasión del aniversario ese año del levantamiento polaco de 1830, en el cual señaló al gobierno ruso como enemigo tanto de los polacos como del pueblo ruso y llamó a la creación de una federación paneslava, produjo un enfebrecido entusiasmo y fue ampliamente comentado. El gobierno ruso, enfurecido y nervioso, pidió su expulsión de Francia, pero en 1848, con el estallido de la revolución de 1848, Bakunin estaba de vuelta en París.

Finalmente, convencido de abandonar París por un préstamo de 2000 francos del gobierno provisional, Bakunin se orientó hacia el este y para fines de marzo estaba en Alemania. Ese mes de mayo, llegaron noticias de que había estallado un amplio levantamiento en Praga cuando se ponía en marcha un congreso pan-eslavo en la ciudad. De todos los delegados, Bakunin fue el único que decidió buscar la acción en vez de volver a casa. Cuando la revuelta fue dominada a fines de mayo, se encontró con algunas dificultades para llegar a Breslau, de donde fue expulsado primero a Berlín y luego a Cöthen. En marzo de 1849 se mudó a Dresde, donde conoció al compositor Richard Wagner. En mayo de ese año estalló la insurrección de Dresde.

Bakunin, acompañado por Wagner, acudió rápidamente a los salones en los que se había instalado el gobierno provisional. Al mismo tiempo que tenían lugar disputas internas por el liderazgo del ejército revolucionario, se aproximaba un fuerte contingente de tropas prusianas y hacia el 6 de mayo el derrotismo había penetrado muy hondo entre las autoridades revolucionarias. Mientras la mayoría de los líderes se escabulleron, Bakunin se quedó y combatió hasta el último momento junto a los trabajadores, hasta que finalmente fue capturado cuando intentaba escapar. Trece años después se encontraría de modo casual, gracias a una rocambolesca coincidencia, con uno de quienes combatieron junto a él.

Tras estar confinado durante trece meses, Bakunin fue sentenciado a muerte por el gobierno de Sajonia. Dado que los gobiernos de Rusia y de Austria también pedían su cabeza, se le conmutó la pena y fue extraditado a Austria. Después de once meses recibió una nueva pena de muerte, pero de nuevo fue conmutada, por cadena perpetua. Finalmente, en mayo de 1851, llegó el momento más temido por Bakunin, su entrega a las autoridades rusas. Tres años en las mazmorras subterráneas de la famosa Fortaleza de San Pedro y San Pablo fueron el preludio a otros cuatro en el castillo de Schlüsselberg.

Incluso la robusta constitución de Bakunin se resintió de estos tratos y tras ocho años de tormento su vitalidad había descendido al punto de pedir a su hermano que le llevara veneno. En febrero de 1857, tras las súplicas de su madre al zar Alejandro II, fue finalmente desterrado a perpetuidad a la ciudad de Tomsk, en el oeste de Siberia. Un año después se casó con Antonia Kwiatkowski, hija de un comerciante polaco.

En agosto de 1858 Bakunin recibió la visita del general y conde Nicolás Muraviev, primo segundo suyo. Muraviev había sido también gobernador de Siberia Occidental durante los diez años anteriores. Gozaba de la simpatía del zar tanto por haber manipulado al débil gobierno chino para obtener territorios para Rusia como por haber abierto una importante vía comercial mediante el puerto de Nikolaevsk, en la boca del río Amur. Al mismo tiempo era un liberal y le gustaba apadrinar a los desterrados políticos en Siberia. Bakunin, como pariente suyo, era su favorito, y había intentado sin éxito librarle del destierro. La siguiente primavera, con la ayuda de Muraviev, Bakunin obtuvo un empleo en la Agencia de Desarrollo del Amur con un salario anual de dos mil rublos. A consecuencia de ello él y Antonia pudieron mudarse a Irkutsk, en el este de Siberia. Un plan fue poco a poco abriéndose paso en la mente de Bakunin.

Ese verano Muraviev visitó Japón como plenipotenciario del zar, con las instrucciones de entablar relaciones diplomáticas y comerciales con dicho país. De acuerdo con las fuentes japonesas:

En julio del sexto año del período de reinado Ansei del Emperador Kômei aparecieron siete barcos de guerra rusos ante Kanagawa (en la Bahía de Edo). Cuando un oficial para asuntos exteriores del shogunato se interesó por sus objetivos, se le dijo ‘soy el Gran Plenipotenciario Conde Nicolás Muraviev, Gobernador de la Provincia del Este y noble de la Rusia Imperial. Como tal, no me digno a tener tratos con oficiales de bajo rango. Que se presente formalmente ante mí un oficial de alto rango’.

Entonces, el shogunato le envió dos oficiales de segundo nivel, Endô Tajimanokami y Sakai Ukyônosuke, que fueron invitados a un banquete en la cubierta del barco. A su término, se selló la Ratificación Conjunta del Tratado Ruso-Japonés. Continuaba los sellados durante el primer (1854) y el quinto año (1858) de Ansei, cuando los puertos de Shimoda, Hakodate y Yokohama fueron abiertos para la navegación”.

Teniendo noticia por Muraviev de la apertura de los puertos japoneses y de las frecuentes paradas allí de buques americanos (por lo que parece, dos a la semana tras la firma del tratado comercial de 1858), Bakunin había empezado a trazar un plan de escape. Escapar a occicdente atravesando Rusia era prácticamente imposible, pero por el este… Lo que hasta entonces era una ruta inconcebible comenzaba a tomar forma: a Europa vía Japón y América en lo que sería la mayor escapatoria conocida. Aunque Muraviev acababa de caer en desgracia debido a sus puntos de vista liberales, su sucesor, por fortuna, estaba bastante alejado de Bakunin y era relativamente indulgente. El 5 de junio de 1861, tras anunciarle a Antonia su partida, Bakunin dejó Irkutsk con el pretexto de un viaje de negocios. Hizo ver que había sido contratado por un comerciante siberiano para hacer un viaje a la desembocadura del Amur y había recibido como adelanto mil rublos. Fue un viaje complicado, que comenzó con un viaje por tierra hasta el Amur buscando un barco, pero finalmente llegó a Nikolaevsk el 2 de julio.

Quince días después se hallaba a bordo del buque de guerra ruso “Strelok” rumbo a Kastri, de donde supuestamente debía retornar por tierra a Irkutsk. Sin embargo, el azar quiso que cuando el “Strelok” pasaba a través del estrecho de Mamiva, que separa el continente de la isla de Sajalin, tuviera que remolcar a un barco norteamericano, el “Vickery”. En el puerto ruso de Olga, Bakunin convenció al capitán americano de que le subiera a bordo y en agosto consiguió su primer objetivo: alcanzar el puerto de Hakodate, en la isla de Hokkaido, en el extremo norte de Japón.

Justo cuando Bakunin iba a partir de Hakodate se vivió un momento dramático. En la cubierta del barco que le debía llevar a Yokohama, fue invitado por un aristócrata a unirse a un banquete preparado para un “invitado especial”. El “invitado especial” resultó ser ¡el cónsul ruso destinado en esa ciudad! Se trataba de una escena digna de una película de los hermanos Marx, absurdamente peligrosa. Allí se encontraba Bakunin, fiero anarquista revolucionario y enemigo jurado del zar, condenado al exilio siberiano, sentado en un barco americano rumbo a Japón.

Bakunin se hizo cargo de la situación. Entabló conversación con el cónsul sin esperar a ser abordado por él y le explicó que le habían dado un permiso para viajar como turista, asegurándole que volvería a Irkutsk vía Shanghai y Pekín. “¿Entonces no volverás con nosotros?” le dijo el cónsul (en aquel momento un escuadrón naval ruso estaba fondeado cerca, preparado para levar anclas hacia Nikolaevsk). “No, acabo de llegar y aún hay muchas cosas aquí que me gustaría visitar”, le respondió Bakunin, cerrando el tema. Cuando terminó el banquete, el cónsul y él se habían hecho grandes amigos y a la mañana siguiente partió, bajo bandera americana, ante las narices de los oficiales de la Armada Imperial rusa. Se salvó por los pelos (y, de haber sucedido el episodio diez años más tarde, probablemente habría acabado de modo muy diferente; la llegada del telégrafo a Asia en 1871 habría hecho que el cónsul lo tuviera fácil para comprobar la veracidad de su historia). Estando ya libre y a salvo, podía considerarlo un buen golpe de suerte. A fines de agosto llegaba a Yokohama.

2. El Hotel Yokohama

Bakunin, tan pronto como pisó suelo japonés (no fue autorizado a desembarcar en Hakodate) debió dirigirse hacia el “Hotel Yokohama” (también conocido como Hotel Hufnagel, como su primer propietario, un holandés), dado que era el único local de Japón acondicionado para alojar a extranjeros. Su nombre, sin embargo, no se encuentra en los listados de huéspedes; lo más cercano a su identificación es la referencia aportada por Henmi Kichizo, que afirmaba haber encontrado una nota que decía que “un hombre grande, en viaje desde el exilio ruso, también estaba alojado” (otros han negado la existencia de dicha anotación).

Hay que tener en cuenta que a Bakunin, tan inquieto entonces como para asustarse del soplido del viento, difícilmente le habría agradado la idea de alojarse bajo su auténtico nombre, consciente como era de que no tenía que dejar ni rastro de su paso. Un estudio de los registros del hotel, sin embargo, nos revela otro nombre, uno totalmente inesperado: Wilhelm Heine, el artista que había luchado junto a Bakunin en los últimos días de la insurrección de Dresde.

Heine, tras huir del arresto en Dresde, había marchado a Nueva York y de ahí a América Central, que había recorrido extensamente. De vuelta a Nueva York en 1852, se alistó como pintor oficial en la Expedición Perry. En Japón, Heine visitó varias veces la capital, Edo, a pesar de que oficialmente estaba cerrada para los extranjeros, y consignó los acontecimientos y costumbres de la época reflejándolos con la brocha. Sus cuatrocientos bocetos y cuadros ilustran la oficial “Narración de la expedición del escuadrón americano a los mares de China y Japón” publicada en 1856. Por aquel tiempo, parece que Heine había sido perdonado por su escapada juvenil a Dresde, dado que en 1859 volvió a Alemania y fue inmediatamente invitado a sumarse a una expedición prusiana a Asia, de nuevo como pintor oficial (ésta fue la expedición encabezada por el aristócrata Eulenberg, cuya descripción del Hotel Yokohama aparece más abajo).

En su camino de vuelta a Alemania desde Japón, la Expedición Eulenberg pasó algún tiempo en China, donde, tras completar su misión, Heine decidió seguir su propio camino hacia América. La primera etapa de su viaje le llevó de Tientsin a Yokohama, y entonces tuvo lugar el casi increíble encuentro con su antiguo compañero de lucha Bakunin.

Es de suponer la emoción y sorpresa que debió embargar a ambos en el momento en el que se encontraron en un pequeño hotel para extranjeros de Japón después de más de 10 años de separación. Debió parecerles un sueño. Golpes en la espalda y abrazos sólo interrumpidos para mirar a la cara del otro para ver si realmente era verdad… Uno, un revolucionario desterrado cuyo largo encierro, encadenado a los muros de apestosas y húmedas mazmorras subterráneas le habían convertido en una leyenda; el otro, un apasionado aventurero que había quemado sus naves europeas y se había ido a vivir a Nueva York. ¿Quién se habría aburrido con las historias que ambos debían haberse contado?

El hotel que les albergó aparece de vez en cuando en las memorias de extranjeros que visitaron Japón, también en historias de la industria hotelera en Japón y podemos respirar algo de su aroma del relato del viajero prusiano Eulenberg, que se había alojado allí el año anterior:

“(Tenía) un gran jardín, flanqueado por tres de sus lados por construcciones de madera. En una parte estaba el comedor, en el que se incluían el bar y los billares, al tiempo que enfrente se encontraban el salón de estar y los dormitorios. Tras ellos, frente a las construcciones principales, había un granero. El conjunto arquitectónico era mitad estilo japonés, mitad estilo occidental. La cocina y la bodega eran excelentes, y los anfitriones extremadamente agradables…”.

En 1859, inmediatamente tras la apertura del puerto de Yokohama, un “hotel” fue abierto cerca de lo que era la Aduana (hoy la Prefectura de Kanagawa), frente a la calle Honchô-dôri. Gestionado por un holandés llamado Eufnagel, fue el primer hotel de Japón (en tanto que diferente a la posada japonesa tradicional). “Hotel”, sin embargo, era mucho decir para algo que mayormente era una casa de estilo japonés rodeada de un muro de azulejos. En la amplia estancia donde estaba el bar y que servía como lugar de encuentro para los alojados, parece ser que había un camarero negro llamado Macaulay.

Las tardes estaban dedicadas a prácticas de tiro, para lo cual parece ser que hacía las veces de blanco un gran reloj situado sobre la puerta. Así pues, el lugar bien podría haber inspirado un drama del “salvaje oeste”. En la misma instancia se encontraba el billar, que tuvo desde el momento de su instalación un gran éxito como modo de matar el tiempo. Como ya se ha dicho, un historiador japonés llamado Itabashi Tomoyuki ha investigado cuidadosamente cómo pasaba el tiempo Bakunin y ha concluido en que probablemente gran parte de él lo dedicaba al billar y que gastó bastante dinero en el bar (el primero que hubo en Japón). Parece que poca cosa más podía hacer Bakunin: a los extranjeros no se les permitía salir del recinto sin autorización y dado que había otros huéspedes bastante curiosos, es probable que Bakunin se sintiera allí como en casa.

Había ocho dormitorios, todos ellos sin ventanas ni calefacción. Un viajero ha dejado un lastimoso relato en el que da cuenta de lo inhóspitos que podían ser en los ventosos y lluviosos días de noviembre. En aquellos tiempos, no hay que olvidarlo, para los primeros extranjeros que empezaban a llegar a Japón con cada vez mayor frecuencia, sólo había un sitio para quedarse, o tan sólo descansar; nadie visitaba Yokohama sin poner los pies en el Hotel Yokohama. Lamentablemente, el hotel quedó destruido sólo unos años después de la visita de Bakunin, uno de los pocos avatares sufridos por el asentamiento para extranjeros de Yokohama, que se conserva en gran medida como era hace cien años. Se puede, sin embargo, pasear sobre el terreno donde se levantaba el hotel en el que estuvo Bakunin.

Entre quienes compartían estancia con Bakunin estaban el científico Siebold y su hijo Alexander, cuyas memorias suponen uno de los principales documentos sobre el paso de Bakunin por Japón. Siebold ya había sido expulsado una vez por el gobierno Tokugawa de resultas del llamado “caso Siebold” de 1829, pero en 1861 había acudido de nuevo al shogunato como asesor diplomático. En el diario de su segunda estancia encontramos el siguiente pasaje:

En la casa de huéspedes de Yokohama coincidimos con un fuera de la ley del Salvaje Oeste y seguramente también con otros huéspedes interesantes. La presencia del revolucionario ruso Michael Bakunin, procedente de Siberia, por lo que parece había sido pasada por alto por las autoridades. Iba bien provisto de dinero y nadie que lo conociera era capaz de resistirse a sus encantos”.

3. A través del Pacífico

David Hecht, en sus memorias “Perspectiva de un ruso radical sobre América” (originalmente en japonés y traducidas al inglés) señala que mientras Bakunin estuvo en Japón “probablemente se encontró con un hombre de negocios norteamericano de ideas avanzadas”. Su identidad, así como el sitio en el que lo conoció, permanecen en el misterio. De hecho, uno de los grandes obstáculos para rastrear las peripecias de Bakunin por Japón es situarle en el mapa. Las fuentes difieren: todas están de acuerdo en que su puerto de llegada fue Hakodate, en Hokkaido, pero el esbozo biográfico de James Guillaume afirma que de allí Bakunin se fue directamente a Yokohama, mientras que una fuente japonesa lo sitúa de camino a Kanagawa. Una biografía de Nettlau hace referencia a “varios” puertos, pero de acuerdo a su “Vida de Miguel Bakunin” salió de Kanagawa hacia San Francisco junto a Heine. Dado que Kanagawa está siguiendo la bahía de Yokohama hay muchas posibilidades de que Bakunin tomara un pequeño barco y embarcara en Kanagawa, o que su buque hiciera escala en ese puerto antes de emprender la travesía por el Pacífico. Sin embargo, no había ningún asentamiento y a los extranjeros no se les permitía vivir allí. Dado que la “conexión Kanagawa” no ha sido investigada, cuando lo sea hay la posibilidad de que aparezca información sobre las actividades de Bakunin.

De todas formas, lo que se sabe por el momento es que Bakunin partió de Yokohama a mediados de septiembre a bordo del buque mercante norteamericano Carrington, con destino a San Francisco. Entre sus compañeros de viaje, además de Heine, estuvo el sacerdote inglés Kos, que en su diario afirmó que Bakunin “fue el mejor amigo que conoció en mucho tiempo”. Antes de que terminara el viaje se habían hecho grandes amigos, Bakunin le expresó grandes simpatías por el protestantismo y le contó su vida antes de pedirle un préstamo de 250 dólares.

También a bordo se encontraba un japonés que hablaba un inglés perfecto. Se trataba de Joseph Hiko (Hamada Hikozô), un pionero de la prensa en Japón que tiempo después saludaría a tres presidentes norteamericanos: Pearce, Buchanan y Lincoln. La suerte hizo que dichas personas estuvieran en el mismo barco que Bakunin cuando partió de Japón, y una investigación más a fondo del diario de Kos, de los libros de Heine y de los escritos inéditos de Hiko podría ofrecer nuevos hallazgos.

Cuando Bakunin llegó a San Francisco el 15 de octubre encontró una compañía con más afinidad que un sacerdote y un amigo de presidentes. Era el tiempo de la “fiebre del oro” y entre aquellos que buscaban fortuna se hallaban numerosos inmigrantes rusos y polacos, algunos de los cuales, de acuerdo a una fuente, aunaron esfuerzos para conseguir el dinero para pagar el pasaje de Bakunin a Nueva York (no sabemos lo que sucedió con el préstamo del cura). En Nueva York tomó prestado más dinero de un inglés llamado Smith, el suficiente para comprar un billete para Liverpool, a donde llegó el 27 de diciembre, seis meses después de salir de Siberia. Puso rumbo de inmediato hacia la casa de Herzen en Londres y esa misma tarde irrumpía en el salón donde la familia estaba cenando: “¡De manera que estáis comiendo ostras! Cuéntame las novedades. ¿¡Qué está pasando y dónde!?

Conclusiones preliminares

La trayectoria revolucionaria de Bakunin, aunque apenas tiene conexiones conscientes con Japón, fue el momentáneo contacto posibilitado por la apertura del país en 1853 lo que hizo posible que fructificara. Si el gobierno japonés hubiera mantenido su centenaria política aislacionista unos años más, el crecimiento del anarquismo de Bakunin tras 1864, las luchas con Marx en la Primera Internacional y por tanto la configuración misma del movimiento revolucionario actual habrían sido radicalmente diferentes. La apertura de los puertos de Yokohama y Hakodate coincidió con la decisión de Bakunin de volver a Europa e hizo posible su plan de escape. De haber sido de otro modo, no hay duda de que a día de hoy Bakunin no sería más que otro mártir ruso.

Japón, aunque Bakunin nunca lo reconociera, jugó por tanto un rol gigantesco en su destino. Algunos comentarios relativos a su estancia arrojarán más luz sobre el episodio.

El mundo de 1861 era muy diferente al de 1923, cuando Ôsugi Sakae hizo su viaje a Europa. Al abrir Japón a las influencias externas para construir un Estado-nación fuerte, los samurais “progresistas” que se hicieron con el control del país durante la Restauración Meiji de 1868 dejaron que entraran ciertos (para ellos) indeseables principios. Llegado el cambio de siglo, intelectuales como Kôtoku Shûsui habían iniciado a los revolucionarios japoneses en las ideas de Kropotkin, Bakunin, Marx y otros escritores, y un movimiento obrero radical se desarrollaba al mismo tiempo que un masivo programa industrializador (ayudado por dos guerras imperialistas en diez años). Ôsugi Sakae, nacido en 1885, se crió en ese ambiente.

Hacia 1861, ocho años después de la rendija abierta por Perry, los barcos norteamericanos se habían convertido en visitantes regulares de los puertos japoneses, junto a los holandeses, los únicos europeos a los que se permitía, desde el siglo XIX, comerciar con el Imperio. Otras naciones, como Alemania, Rusia, Inglaterra y Francia, buscando expandir sus dominios en la India y el Sureste Asiático, habían actuado rápidamente para abrir oficinas consulares en suelo japonés, espoleados por las perspectivas de comercio ilimitado y por las organizaciones misioneras ansiosas de convertir almas al único dios verdadero. Como atracción añadida, Japón ofrecía una situación excelente para el repostaje y el aprovisionamiento tanto de los barcos de guerra que patrullaban el Pacífico como para los balleneros en camino hacia el Ártico.

Las autoridades “shogun”, a pesar de su recelo inicial, habían cedido a la presión de buena gana, pero procurando mantener a todos los extranjeros en áreas acotadas dentro de los puertos abiertos al comercio. De modo que no sólo el Hotel Yokohama, sino todo el área en el que estuvo Bakunin estaba destinada a evitar toda influencia extranjera. Por ello puede pensarse que Bakunin nunca vio a un japonés allí y que de haberlo visto no hubiera tenido la oportunidad de intercambiar opiniones con él acerca de la situación del país. Esto debe ser tenido en cuenta a la hora de juzgar la actitud de Bakunin en Japón.

A falta de contacto personal, pues, los periódicos podrían haber sido una fuente de información para Bakunin si la hubiera querido. Pero tampoco, porque, irónicamente, el primer periódico en una lengua extranjera publicado en Japón se trasladó de Nagasaki a Yokohama en octubre de 1861, un mes después de que se fuera Bakunin. De todas formas, a juzgar por la calidad de otros periódicos publicados por expatriados, como los que aparecían en los puertos comerciales chinos, éste, el “Japan Herald”, probablemente no le habría dicho mucho sobre Japón a Bakunin.

Además de estos factores objetivos, uno debe tener en cuenta el estado anímico de Bakunin. Se encontraba huyendo, de incógnito, camuflándose, tras doce años de prisión que le habían machacado física y mentalmente, no se encontraba en condiciones de aprovechar oportunidades. Parece que sus compañeros en el Yokohama Hotel supieron de su identidad y él debió de temer quedar expuesto. Era difícil para cualquier extranjero, y mucho más para alguien con el aspecto de Bakunin, mimetizarse en Japón (y lo sigue siendo a día de hoy). Su cabeza, además, ya estaba en Londres y en los acontecimientos revolucionarios de Europa y no estaba en disposición de tomar nota de lo que pasaba a su alrededor.

Por último, hubo un factor más que sin duda alentó a Bakunin para decidirse a escapar de Siberia y en su viaje hacia Europa: el Fondo Bakhmetiev. Dado que la historia se cuenta en las grandes biografías de Bakunin, no es necesario comentarla aquí en detalle. En 1858 un terrateniente ruso llamado Bakhmetiev había vendido todas sus propiedades y marchado a Londres para contactar con Herzen. Su idea era comprar una pequeña isla en el Pacífico y establecer allí una comunidad utópica. Antes de partir le había dejado a Herzen una suma de 800 libras para apoyar al movimiento revolucionario ruso. De Bakhmetiev nunca más se tuvieron noticias, pero el dinero fue depositado en una cuenta de Londres a nombre de Herzen y de Nicholas Ogarev, esperando el momento en que pudiera dársele un buen uso. Bakunin supo de la existencia de ese dinero a través de una carta de Herzen que recibió antes de decidir su escapada y quizás sea demasiado decir que fue la motivación principal para su vuelta a Europa. Pero imaginarse el dinero depositado en Londres probablemente le animó a volver tan rápido como pudiera, pensando que podría emplearse para imprimir y distribuir literatura revolucionaria en Rusia, principalmente el panfleto “Catecismo revolucionario”.

Con todo esto en mente, hay que admitir que las circunstancias no invitaban a que Bakunin se lanzara a la escena política japonesa. Bakunin, sin embargo, en todas las demás circunstancias, no fue un hombre que se amilanara ante meras condiciones objetivas. Fue un perseguido incluso tras su regreso a Europa, pero eso no le impidió implicarse en actividades revolucionarias allí. Puede pensarse que la propia existencia de lo desconocido rodeándole en Yokohama le impulsara a saber más sobre ello. Puede que fuera así, pero de serlo, no lo sabemos. De cualquier modo, si Bakunin hubiera tenido algún interés real en Japón probablemente hubiera dejado algún registro de su visita. Al menos según se sabe, mandó una carta desde Siberia antes de embarcar y otra desde San Francisco, pero ninguna desde Yokohama. Nunca mencionó la estancia en sus escritos e hizo oídos sordos a la sugerencia de Herzen de que escribiera sus memorias. En nuestra opinión, el tiempo que pasó en Japón (y en América, por supuesto, donde incluso habría tenido más motivos para una estancia más prolongada) no fue más que un interludio, una oportunidad para relajarse antes de volver a donde estaba realmente la acción: Europa.

Wat Tyler

Aparecido en “Libero Internacional”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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